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    Historias minimas
    Argentine | 2003| 1h34
    Réalisation : Carlos Sorin
    Avec : Antonio Benedictis, Javier Lombardo
    Version originale (argentin) sous-titrée en français
      Pour connaitre les accessibilités en fauteuil,
      cliquez sur le lien vers la grille horaire dans la colonne de gauche
      rubrique 'INFORMATIONS'
    A des milliers de kilomètres du sud de Buenos Aires, trois personnages voyagent le long des routes désertes de la Patagonie du Sud.
    Don Justo, retraité de 80 ans et ancien propriétaire d'une droguerie dirigée par son fils, s'enfuit de son domicile pour échapper à son emprise. Il part retrouver son chien disparu qu'un ami prétend avoir aperçu à San Julian...
    Roberto, un représentant de commerce d'une quarantaine d'années, accomplit le même périple à bord de sa vieille voiture, emportant avec lui une charge bien encombrante : un gâteau à la crème, cadeau d'anniversaire destiné au fils d'une jeune veuve qu'il convoite...
    Le même jour, Maria Flores, 25 ans, se retrouve avec sa petite fille sur cette même route. Cette jeune femme est arrivée gagnante pour participer à la finale d'un jeu télévisé.
    Chacun voyage de son côté, mais ces histoires et illusions vont s'entrecroiser.


    Una sencillez aparente
    par Luis Ormaechea

    La idea de realizar un largometraje de ficción con actores no profesionales se le ocurrió a Carlos Sorín hace unos años mientras filmaba un comercial en el cual se narraba el impacto causado en un pequeño pueblo de la Patagonia por la instalación de un teléfono (el del paisano que decía "¡Hola vieja!, ¿a que no sabés de dónde te estoy hablando?"). Al arribar a ese poblado vio que la gran excitación que había entre sus habitantes se debía no tanto a la presencia de un equipo de filmación como a la llegada misma del teléfono. En ese instante, se dio cuenta que no tenía sentido filmar una representación de algo que tenía realmente frente a sus ojos, mandó a sus actores de vuelta a Buenos Aires y rodó con los pobladores, verdaderos protagonistas de la historia. Luego de esta exitosa experiencia, bocetó tres historias junto al guionista Pablo Solarz y comenzó un casting por distintos lugares del territorio argentino. Una vez efectuada la primera selección, reescribieron el guión en función del elenco. De este modo, Historias mínimas nació como la exploración de uno de los distintos modos de encarar el tema de la representación de la realidad. Probablemente, la mayor diferencia entre un largometraje de ficción y un documental resida en el hecho de que la ficción maneja materiales que sólo existen para el film, mientras que los personajes y sucesos del documental tienen o tuvieron una existencia independiente del acto de filmar. Carlos Sorín puso en cuestión este límite al hacer que el actor y el personaje fueran la misma persona. No es la primera vez que este director juega en los ambiguos y difumados bordes que separan a la ficción de la realidad. En su opera prima, La película del rey (1986) la historia de un director de cine y la historia del rey terminaban siendo una sola, la de una pasión compartida. Al año siguiente, filmó La era del ñandú, un documental apócrifo para el ciclo televisivo Ciencia y Conciencia. Tomando como punto de partida el famoso caso de la crotoxina (un medicamento que supuestamente curaba el cáncer), Sorín construyó un relato combinando una historia disparatada con los códigos del realismo televisivo, dando como resultado un sorprendente efecto de credibilidad en la audiencia. La acción de estas Historias mínimas transcurre en la provincia de Santa Cruz. Don Justo (Antonio Benedectis) es un anciano de 80 años que inicia un viaje de 400 kilómetros en busca de Malacara, su perro. Roberto (Javier Lombardo) es un viajante de comercio que intenta seducir a una joven viuda llevándole una torta para el cumpleaños de su hijo. María (Javiera Bravo) es una mujer muy humilde que debe viajar hasta la ciudad de Puerto San Julián para recibir un premio ganado en el sorteo de un programa de televisión. Los tres protagonistas comparten las desérticas rutas patagónicas, pero sus historias se entrecruzan insignificativamente en los escasos paradores. La simpleza de las historias narradas no debe confundirse con unas puestas en escena y en forma simples o elementales. Experto conocedor de las posibilidades de manipulación del rodaje y el montaje, Sorín construyó un relato con una coherencia textual inusitada en nuestro cine. La narración va entrelazando las tres historias no solamente en sus cruces a nivel argumental, sino con una gran cantidad de detalles, de los cuales solamente voy a citar aquí la insistente presencia de la televisión, o la pelota de fútbol que puede ser una tortuga y la tortuga que puede ser una caja de cosméticos. Uno de los mayores placeres que otorga Historias mínimas es descubrir esos motivos que se repiten o se transforman, pero están presentes a lo largo de todo el relato. Tras su apariencia de simpleza, el film presenta una complejidad sorprendente. Con una mirada atenta, aquello que se nos presenta como “la vida misma” se revela como una soberbia construcción, un simulacro creado por ese gran ilusionista que se llama Carlos Sorín. Historias mínimas es un buen ejemplo de la búsqueda consciente de un autor que desarrolla un programa basado en la formación y en el trabajo para conseguir un objeto estético, a diferencia del “genio” que simplemente lo encuentra gracias a sus supuestas intuición y sensibilidad. Considerando que ambos films utilizan actores profesionales y amateurs, y que los dos presentan una historia casi minimalista, se pueden pensar algunas cuestiones acerca de Historias mínimas y la sobrevaluada Caja negra (Luis Ortega, 2001). Todo film es una puesta en relación entre cuerpos: entre los cuerpos filmados, el dispositivo fílmico (que podríamos pensar como el cuerpo del narrador) y el cuerpo de cada espectador. La responsabilidad ética del realizador es inmensa, porque ocupa el lugar de mediador entre lo representado y el espectador. Aunque es éste último quien completa la relación, lo hace a partir de ciertas pautas propuestas por la narración. El director es quien, en primera instancia, condiciona la mirada del espectador, quien le da las primeras instrucciones para construir el cuerpo representado. Sorín construye los cuerpos representados con una mirada afectiva, cariñosa. En el extremo opuesto, Ortega mira los cuerpos de los actores no profesionales desde una lejanía propia de un entomólogo (justamente lo contrario a lo que hace con el cuerpo de Dolores Fonzi), observándolos pero sin entrar nunca en contacto con ellos. Es muy llamativo que la inmensa mayoría de las críticas que se hicieron a Caja negra no se refirieron a los primeros planos del film (que muestran a unos simios encerrados en una jaula), un momento de suma importancia en el relato por su característica fundacional de la mirada propuesta por Ortega. En este punto, las propuestas de Sorín y Ortega representan dos grandes actitudes que se oponen como la salud a la enfermedad, como diría Metz: como lo moral a lo inmoral. Historias mínimas es el tercer largometraje de Carlos Sorín, reconocido director de cine publicitario. Debutó con La película del rey (1986), film que estuvo en Buenos Aires un año en cartel y ganó numerosos premios nacionales e internacionales. Eternas sonrisas de New Jersey (1989), realizado en coproducción con Inglaterra y protagonizado por Daniel Day Lewis y Mina Jokovic no se estrenó comercialmente en nuestro país.

    http://www.otrocampo.com/criticas/historiasminimas.html


    L'avis de la Presse
    par

    Le Monde - Thomas Sotinel Mais le film est plus encore que la somme de ces trois histoires. Sous l'immensité du ciel de Patagonie, Carlos Sorin fait résonner ces morceaux de destinées, jusqu'à produire une harmonie qui ne pouvait naître que de cet endroit-là. Première - Gérard Delorme La photo, simple et lumineuse comme de l'aquarelle, s'attache autant à la vérité des personnages (joués par des non-professionnels) qu'à la beauté des paysages déserts de la Patagonie. Les Inrockuptibles - Bertrand Loutte Altermondialiste à sa façon, Carlos Sorin est un cinéaste cohérent mais un peu trop naïf et doucereux. Ciné Live - Xavier Leherpeur Balade sur une autoroute argentine en compagnie de trois anti-héros. Une flânerie cinématographique plutôt agréable.

    allocine.fr
    La critique du Monde
    par

    Un chien, un gâteau et un robot en Patagonie Pour un chien, un gâteau à la crème et un robot ménager, Don Justo, Roberto et Maria Flores sont partis sur les routes désertes de Patagonie dans l'attachant "road movie" de l'Argentin Carlos Sorin "Historias minimas".Ils ne se connaissent pas, chacun voyage de son côté à la recherche du bonheur, de l'amour, du pardon dans ces espaces infinis, balayés par le vent, bien loin de Buenos Aires.Don Justo, 80 ans, s'enfuit avec la caisse de l'épicerie tenue par son fils, et part à la recherche de son chien Sale Tête, qu'un ami aurait vu à 300 km de là, à San Julian.Rodrigo, 40 ans, représentant de commerce en produits amaigrissants, emporte à San Julian un encombrant gâteau en forme de ballon pour l'anniversaire du fils d'une jeune femme dont il est amoureux.Quant à la jeune Maria Flores, finaliste d'un jeu télévisé, elle part avec sa petite fille dans l'espoir de gagner le gros lot: la Rolls des robots ménagers ultra perfectionné.Avec leurs rêves, ils suivent la même route, ponctués de haltes et de rencontres cocasses, et ne se croisent pas dans ces paysages jaunes et arides du sud de l'Argentine, dévorés par un ciel immense, si bien filmés par Carlos Sorin."Ce film, qui parle de choses minuscules dans un pays qui traverse une crise aussi importante, a touché le public car il parle d'une Argentine pratiquement ensevelie, qu'on ne voit pas", dit le cinéaste à l'AFP."Le gâteau n'est pas seulement un gâteau, il parle du bonheur. Le chien n'est pas un chien, il parle de la culpabilité et le robot perfectionné représente le succès pour quelqu'un qui ne l'a jamais connu".tout un symbole"Historias minimas" tient son titre de la caméra Aâton Minima. Tout un symbole pour les petites histoires de gens simples, interprétés par des acteurs qui n'en sont pas, à l'exception de deux. L'étonnant Don Justo, ce vieux Monsieur indigne et obstiné, qui cherche son chien, comme on cherche la rédemption, est un ancien mécanicien "rencontré par hasard". Carlos Sorin n'a tourné que trois longs métrages en quinze ans, mais tous dans le sud argentin. "La pelicula del Rey" (1986), Lion d'argent à Venise, évoque ce notaire de Périgueux, Antoine de Tounens, qui se proclama au 19e siècle "Roi de Patagonie". Dans "Eternas sonrisas de New Jersey" (1989), qui fut un échec, Daniel Day Lewis est un dentiste qui part en moto dans le sud de l'Argentine."La Patagonie, c'est comme la fin du monde. Il n'y a rien au delà, dit le cinéaste. J'aime ce côté apre et dur, désertique et difficile. Il fallait parfois être trois pour tenir la caméra tellement le vent était fort. Chaque prise est une lutte contre les forces de la nature et, curieusement, c'est très stimulant".Carlos Sorin est né à Buenos Aires "mais la première fois que j'ai quitté la maison, c'était pour faire mon service militaire à 18 ans en Patagonie. Et c'était comme découvrir le monde. Je suis arrivé à Comodoro Rivadavia, la capitale de l'activité pétrolière, après cinq jours de navigation, comme les explorateurs d'autrefois."L'Argentine a grandi en tournant le dos au sud, contrairement au Chili. Le sud est abandonné comme une arrière cour". Lorsqu'on évoque les Américains qui achètent d'immenses "estancias" en Patagonie, il réplique "ça fait longtemps qu'on a déjà vendu tout le pays, toutes les industries et tous nos espoirs aussi".

    lemonde.fr
    Les films d'auteur argentins déferlent sur l'Europe ...
    par Aurélien Ferenczi

    Les films d'auteur argentins déferlent sur l'Europe Les espoirs de Buenos Aires Ils s'appellent Lucrecia Martel, Daniel Burman, Adrián Caetano, Diego Lerman... Toute une génération de réalisateurs inventifs et débrouillards, crise argentine oblige. Leurs films réalistes parlent de paumés dans un système qui vacille. C'est une petite troupe, presque une cinquième colonne, disséminée aux quatre coins de l'Europe cinéphile, là où les films sont montrés, mais aussi où on les aide ­ foires aux projets, bourses à l'écriture, forums de coproductions, etc. Ceux qui la composent sont très jeunes, à peine la trentaine. Ils sont un jour au festival Les Trois Continents de Nantes, bobines en bandoulière, le lendemain au CineMart de Rotterdam, scénarios sous le bras. Le printemps à Cannes, l'automne à Venise. Moins « jet-setters », cependant, qu'étudiants voyageurs, physique et décontraction à l'avenant. Ils se séparent, se retrouvent, échangent entre deux avions des nouvelles du pays. Interrogés séparément, les jeunes cinéastes argentins mettent en avant leur individualisme pour échapper à l'étiquette, jugée encombrante, de « nouvelle vague » ­ « La seule chose que nous ayons en commun, c'est le culot de vouloir faire des films, envers et contre tout », remarque Diego Lerman, réalisateur de l'excellent Tan de repente et benjamin de l'escouade avec ses 26 ans. Mais pour aucun autre « jeune cinéma en marche » ­ on a successivement salué l'essor de Taïwan, de l'Iran ou de l'Asie ex-soviétique... ­, l'effet « bande » n'avait joué de façon aussi forte. La solidarité est effective : un réalisateur argentin ne perd jamais l'occasion de signaler le travail d'un copain, croisé à la fac ou rencontré dans un ciné-club. Travail auquel, à un poste ou à un autre, il a bien souvent collaboré. Car un film argentin en cache toujours un autre. Depuis le début de l'année, les sorties françaises rattrapent tant bien que mal l'avalanche constatée dans les festivals : après Tan de repente, déjà cité, et L'Ours rouge, polar d'Adrián Caetano, voici, à la queue leu leu, Historias mínimas, du « vétéran » Carlos Sorin, puis, la semaine prochaine, Toutes les hôtesses de l'air vont au paradis, de Daniel Burman, suivi de El Bonaerense, du prometteur Pablo Trapero. Il y a quelques semaines, un article de l'hebdomadaire anglais Screen international recensait pour 2002 plus de cent cinquante films argentins à divers stades de fabrication. Autant qu'en France ? Le chiffre paraissait exagéré aux yeux de beaucoup, mais il prenait en compte les innombrables microprojets mis en route avec une poignée de pesos ­ un budget qui satisferait à peine un court métragiste français. « Beaucoup de ces films ne seront jamais terminés », prophétise Diego Lerman. Que beaucoup d'entre eux voient le jour, et finissent même par circuler internationalement, fait figure de paradoxe dans un pays où manque l'essentiel. « Cela pose une question morale difficile à résoudre », précise Santiago Loza, dont le premier film, Extraño, vient d'être primé à Rotterdam, et qui est l'un des deux réalisateurs argentins accueillis à Paris en « résidence » par la Cinéfondation du festival de Cannes. « Comment justifier de dépenser tant d'énergie à faire du cinéma alors que dans mon pays, tous les jours, des enfants meurent de faim ? A chacun de se débrouiller avec ça... » Dans l'ensemble, ils se débrouillent, merci. La crise économique a connu son apogée avec les émeutes de décembre 2001, mais elle existait depuis plusieurs années et elle a eu comme effet inattendu de précipiter les jeunes... dans les écoles de cinéma, qui se sont multipliées. « Il y a actuellement en Argentine près de quinze mille étudiants en cinéma, explique Lita Stantic. Cette énergique quinquagénaire est la « marraine » officieuse du jeune cinéma argentin. Productrice depuis plus de trente ans, elle met dorénavant son savoir-faire au service des débutants. Elle a ainsi produit Lucrecia Martel ­- La Ciénaga est sans doute le premier grand film issu de cette nouvelle génération -­, Adrián Caetano, Diego Lerman. « Le manque d'avenir dans les filières classiques a libéré les jeunes, poursuit-elle. Le marché du travail est exsangue, alors ils n'ont plus de scrupules à choisir ce qui leur plaît vraiment. De ce point de vue-là, la crise favorise la créativité. » Daniel Burman, 29 ans, quatre films, ajoute en souriant : « L'Argentine est le pays qui compte le plus d'étudiants en cinéma et le plus de psychanalystes par rapport à sa population ! » Reflet d'une identité culturelle forte et sophistiquée, que ne possèdent pas le Chili ou l'Uruguay : tradition « borghèsienne » du Porteño ­- c'est ainsi qu'on appelle l'habitant de Buenos Aires -­, ami des arts et porté vers l'autoanalyse, donc mûr pour le cinéma d'auteur... A cet engouement s'est ajouté un système de subventions qui date du milieu des années 90. La plupart des cinéastes le jugent corrompu et inefficace ­ à l'heure où le peso n'en finit pas de plonger sur le marché des devises. Mais il a constitué le socle sur lequel se sont appuyés les jeunes cinéastes. En 1998, Pizza, birra y faso (littéralement, Pizza, bière et clopes, inédit en France), réalisé à quatre mains par Adrián Caetano et Bruno Stagnaro, fait figure de mini-événement local et de film fondateur du mouvement. En décrivant le quotidien système D d'un quatuor de jeunes délinquants, incapables de voir plus loin que les plaisirs quotidiens promis par le titre ­- et souvent impuissants à les satisfaire -­, Caetano et son coréalisateur définissent une esthétique réaliste et urbaine. Filmer des individus en marge du système est ainsi devenu une ligne de force du nouveau cinéma argentin. Le système vacille tellement, de toute façon, que la marge devient la norme. De loin, ils sont tous paumés, tous cousins : l'ouvrier au chômage de Mundo grúa, de Pablo Trapero, la petite-fille d'anar italien qui rêve de ses racines dans Un día de suerte, de Sandra Gugliotta, les deux lesbiennes en quête d'amour de Tan de repente. Et quand on quitte la grand-ville, c'est pour l'évoquer par défaut : dans La Libertad, de Lisandro Alonso, le quotidien d'un bûcheron de la Pampa renvoie paradoxalement à des réflexions sur l'aliénation par le travail et la vie urbaine. « Nos films manifestent tous un désir d'authenticité, un intérêt pour les vraies gens que ne manifestaient pas nos aînés », lance le cinéaste, 28 ans, le plus dandy du lot -­ seul Adrián Caetano, né à Montevideo, de l'autre côté du Río de la Plata, est d'origine sociale réellement modeste. « Chacun fait le film qu'il veut faire, c'est la grande caractéristique de cette génération. Il n'y a pas de volonté de groupe, pas de véritable unité esthétique, mais des choses en commun, comme cette tendance générale au réalisme. » Celui qui parle est un bon observateur, puisqu'il est l'aîné de tous : Carlos Sorin a 58 ans, et seulement trois films à son actif. Le succès de La Película del rey, en 1985, Lion d'argent à Venise, lui avait permis de financer un projet plus ambitieux, Eversmile New Jersey, en 1989, avec Daniel Day-Lewis. Bide total, et Sorin, meurtri, part se consoler dans la pub. Jusqu'à ce que le bouillonnement du « jeune » cinéma argentin le sorte de sa retraite dorée, le convainquant que « la crise a des effets bénéfiques inattendus : elle favorise un cinéma artisanal, pauvre en argent, riche en idées ». Le cinéaste abandonne alors les personnages « excessifs, messianiques » qu'il affectionnait, au profit d'un film « à échelle humaine », le très réussi Historias mínimas, tourné pour trois fois rien au fin fond de la Patagonie, avec des acteurs amateurs. « L'Italie de l'après-guerre a produit le néoréalisme, l'Argentine d'aujourd'hui suscite des réponses assez comparables. La crise ne date pas d'hier, mais de l'indépendance. Un questionnement profond, moral, est né du déséquilibre géographique : la rupture entre Buenos Aires, tournée vers l'Europe, et le reste du pays. Mais il y a aussi une forte tradition de cinéma commercial. On trouve aujourd'hui dans le pays des techniciens de très grande qualité, souvent à la disposition de films plus commerciaux. Cette conjonction d'éléments a donné le nouveau cinéma argentin. » Ce qui différencie la génération actuelle de la nouvelle vague française des années 60, que des récurrences formelles (tournage en extérieurs, moyens légers, emploi fréquent du noir et blanc, etc.) pourraient évoquer, c'est l'absence de tout discours théorique. Les cinéastes interrogés disent lire la revue El Amante, dont le fondateur, Eduardo Antin, vient de reprendre en main le fédérateur Festival du cinéma indépendant de Buenos Aires (la cinquième édition se tiendra à la mi-avril). Mais leur cinéphilie est large ­ et décomplexée. « Les Argentins sont très libres, explique Milena Poylo, coproductrice française de La Ciénaga et de L'Ours rouge, qui a tout loisir de comparer avec ce qui se passe dans le jeune cinéma français. Ils n'ont pas eu besoin de tuer des pères symboliques. La dictature avait muselé la génération d'avant. » Comme seules références apparaissent timidement les noms du populiste Mario Soffici, dont l'heure de gloire remonte aux années 40, ou de Leopoldo Torre Nilson, premier « auteur » moderne, adulé passagèrement, dans les années 60, par la critique occidentale. Silence sur Fernando Solanas : son engagement politique ­- il a été ministre de la Culture de Carlos Menem ­- l'a un peu décrédibilisé. Silence, plus généralement, sur la dictature militaire qui, de 1976 à 1983 a fait plus de 30 000 « disparus ». Ce nouveau cinéma, exclusivement conjugué au présent, feint l'amnésie, alors que les heures noires sont si proches, et que, justement, les cinéastes ont l'âge des enfants des « disparus ». Considéré comme l'un des talents à suivre de près, pensionnaire, lui aussi, de la Résidence du festival de Cannes, Ulises Rosell, 31 ans, livre une anecdote frappante. « Pendant le tournage de mon deuxième film, El Descanso, nous nous sommes installés dans un bâtiment désaffecté, que le héros retape et transforme en hôtel. Et nous nous sommes aperçus qu'il s'agissait en fait d'un ancien camp de concentration. C'est l'électricien du coin, qui nous donnait un coup de main, qui nous l'a raconté. Il bossait déjà à l'époque, ce qui signifie qu'il avait vu de près la torture, les exécutions sommaires, etc. Ça nous a quand même fichu un choc... » Mais les cinéastes s'attaqueront à l'Histoire quand ils auront bouclé leur état des lieux de l'Argentine en perdition. Et aussi quand ils auront confirmé les promesses de ces premiers ou deuxièmes films sincères, attachants, parfois imparfaits. La situation financière de leur pays les contraint plus que jamais à trouver des solutions alternatives. Ils s'y consacrent avec un certain brio, aussi experts ès débrouilles que leurs personnages. Toutes les pistes valent d'être explorées. Comme cet « atelier » baptisé « Cinéma en construction », qui se tient chaque année pendant les Rencontres cinémas d'Amérique latine à Toulouse (1) : deux jours de projection de films inachevés en quête d'investisseurs potentiels. Cette année, signe des temps, les cinq films in progress sont argentins, et leurs auteurs, inconnus, vont donc rejoindre le mouvement. Mais chacun sent confusément qu'à l'heure du foisonnement va succéder celle du tri. Quels sont les cinéastes qui « survivront » à une économie en chaos prolongé ? Quels sont ceux qui, tout en utilisant des financements étrangers, seront capables de préserver leur identité ? Plusieurs tournages attendus donneront des éléments de réponse : le deuxième film de Lucrecia Martel, La Niña santa, en production au printemps ; les oeuvres annoncées de Pablo Trapero, de Lisandro Alonso, de Daniel Burman. Ceux-là devraient faire les beaux jours, d'ici quelques mois, des festivals internationaux. Ils diront si cette vague spontanée, libre, extrêmement fertile, peut s'avérer durable. Aurélien Ferenczi

    telerama.fr
    5 salles classées
    Art & Essai
    Europa Cinéma
    Label Recherche
    Label Découverte

    p.ortega@cinemaleclub.com


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    Tarif réduit: 6,80 €
    Abonnements
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    Tarif - 14ans : 4,50€